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La mejor pega del mundo es ¡Ser profesor!


Cuando la gente habla de la mejor pega del mundo piensa en dos cosas: dinero y gratificación. Porque aunque a algunas personas estas dos cosas van de la mano, para otras no tanto. Yo tuve un profesor de economía que me decía que el trabajo más remunerado del mundo era ser traficante de drogas. Hacías poco y ganabas mucho. Que fuese bonito, te llene el alma, te sientas seguro, pues no mucho. Pero ahí tienen, la parte del dinero la puedes tener lista sin gratificación alguna.

Aquí les quiero hablar de esas pegas que tienen mucho de lo segundo. La gratificación. Ser periodista, tenemos que estar claros, que es mucho de lo segundo. Ver nuestras palabras e ideas plasmadas en cualquier medio, tener interacción con esa “otra persona invisible”, generar cierto tipo de reacción, siempre llena el alma. De lo del dinero no mucho, pero bueno, por lo menos el corazón lo tenemos contento.

Pero no es del periodismo de la pega de la que les quiero hablar. Es de una pega que muchos ven como “fome” y que pocos piensan tener la vocación y dedicación para hacerla: ser profesor. Y tengo un poco de los dos, ya que en mi natal Venezuela estudié además de periodismo, tres años de educación básica (que sería como profesora del 1er ciclo de educación básica aquí en Chile) y donde hice muchas amistades, una que sigue siendo la mejor amiga que he tenido en mi vida y que si, ella es profesora de educación básica, feliz y honrosa de serlo.

Mi amiga Adriana Rebolledo llegó a la carrera de educación como yo, buscando el puente para estudiar otra cosa. Pero estando ahí decidimos hacer los tres años de carrera, yo luego pasé a periodismo y ella se quedó haciendo su carrera completa. Porque le gustó. Y es eso, hay un gusanito que te tiene que morder para sentir que puedes hacer eso el resto de la vida. Al principio te puede dar miedo, pero está ahí, esa sensación de saber que te vas a desarrollar profesionalmente dando clases a chicos.

Y si, como en otros países, la educación no es nada bien remunerada. Y no caigamos aquí en el clásico discurso de que SI debería serlo (no tenemos tanto espacio) pero por eso la gratificación entra como papel fundamental en esta pega. Muchos se preguntarán de qué gratificación hablo, si todos en algún momento odiamos al colegio y a nuestros profesores, pero la verdad es que recordamos más de lo bueno y por lo menos una partecita de nosotros está hecha por las enseñanzas que nuestros profesores de básico nos dieron. Adri es una de ellas y si, se disfruta cada uno de los segundos de estar en un aula llena de niños gritones, lápices y cuádrenos. Dándoles un poquito de lo que serán cuando grandes.

Fuente: Profesionales

Y la gratificación puede ser inmediata y a largo plazo. Adri puede ver como un niño pasa de no saber bien como agarrar el lápiz a escribir una oración completa a final del año. Y como lleva años dando clases, ha visto en el colegio donde trabaja como sus alumnos pasaron de personitas chiquititas y graciosas a jóvenes ya formados, muchos que todavía le guardan mucho cariño.

Y si, también ser profesor tiene cosas positivas que no todos ven. Yo conozco estos “goodies” porque mi mejor amiga es del gremio, es decir, tengo información privilegiada. Ser profesora te da vacaciones con los colegios, es decir, cuando los peques están de vacaciones, tú también. Reciben regalos todo el tiempo, porque no sé qué costumbre hay (por lo menos en Venezuela) de hacerle regalos a las profesoras, en navidad, el día del maestro, a final del curso… Y además, siempre te regalan cosas divinas para comer. Eso de que a las profesoras les regalan manzanas, es una leyenda urbana, A mi amiga Adri le regalan galletas, chocolates y queques todas las semanas. Malísimo para la dieta, perfecto para endulzar el día.

Y claro que esta profesión tiene sus sinsabores, los niños son impredecibles, los hay malcriados, llorones, malagradecidos. Y muchos también vienen con madres más fastidiosas aún. Hay que hacer largas planificaciones, trabajar en equipo, discutir con jefes, superiores, levantarse temprano y llevarse trabajo para la casa. Todo a punta de gratificación. Pero esa es la que sé que le llena el corazón a mi amiga Adriana cuando un niñito la abraza por las piernas y le dice “gracias profe“.

Y cuando piensen que ser profesor es fome, piensen en esa profesora, esa maestra, ese guía que les dio la mano cuando eran chicos y que todavía guardan en su memoria. Ese cariño, es algo que ninguna otra profesión puede pagar en el mundo.



 

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